Aquellas, en las que mis sonrisas no eran diplomáticas sino fruto del mas puro e inocente estado de felicidad. Mi mirada en aquel entonces brillaba con un esplendor que cegaba. No habían mascaras ni personajes, nos guiabamos por el impulso sin miedo a ser rechazados. En aquel entonces, bendecía el mas mezquino de tus defectos.
Risas y miradas lascivas en aquella cama de la que tu y yo éramos los únicos dueños. Las mantas eran nuestras murallas y tu me decías que nadie nos podía invadir. Fuera del Reino el viento latigaba con ira, la nieve era capaz de sacrificar a cualquier desgraciado sin sueños.
Tu eras el guardián de aquel Reino, mientras susurrabas que yo era tu princesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario