
Intenté recordar cuándo había visto una luciérnaga por
última vez. ¿Dónde había sido? Logré recordar la escena. Pero
no el lugar ni el momento.
Yo la observaba apoyado en la barandilla. Durante mucho
rato, ni la luciérnaga ni yo hicimos el menor movimiento. El
viento soplaba a nuestro alrededor. Las incontables hojas del
olmo susurraban en la oscuridad.
última vez. ¿Dónde había sido? Logré recordar la escena. Pero
no el lugar ni el momento.
Yo la observaba apoyado en la barandilla. Durante mucho
rato, ni la luciérnaga ni yo hicimos el menor movimiento. El
viento soplaba a nuestro alrededor. Las incontables hojas del
olmo susurraban en la oscuridad.
Esperé una eternidad.
Fue mucho después cuando la luciérnaga levantó el vuelo.
Desplegó las alas como si se le hubiese ocurrido de repente. Un instante más tarde, cruzaba la barandilla y se sumergía en la
Desplegó las alas como si se le hubiese ocurrido de repente. Un instante más tarde, cruzaba la barandilla y se sumergía en la
envolvente oscuridad. Describió, ágil, un arco en torno al
depósito, tal vez intentando recuperar el tiempo perdido. Y tras
permanecer unos segundos inmóvil observando cómo la línea de
luz se extendía en el viento, voló hacia el sur.
Aún después de que la luciérnaga hubiera desaparecido, el
rastro de su luz permaneció largo tiempo en mi interior. Aquella
pequeña llama, semejante a un alma que hubiese perdido su
destino, siguió errando eternamente en la oscuridad de mis ojos
cerrados. Alargué la mano repetidas veces hacia esa oscuridad.
Pero no pude tocarla. La tenue luz quedaba más allá de las
yemas de mis dedos.
depósito, tal vez intentando recuperar el tiempo perdido. Y tras
permanecer unos segundos inmóvil observando cómo la línea de
luz se extendía en el viento, voló hacia el sur.
Aún después de que la luciérnaga hubiera desaparecido, el
rastro de su luz permaneció largo tiempo en mi interior. Aquella
pequeña llama, semejante a un alma que hubiese perdido su
destino, siguió errando eternamente en la oscuridad de mis ojos
cerrados. Alargué la mano repetidas veces hacia esa oscuridad.
Pero no pude tocarla. La tenue luz quedaba más allá de las
yemas de mis dedos.
Haruki Murakami
