domingo, 12 de febrero de 2012


    Intenté recordar cuándo había visto una luciérnaga por
última vez. ¿Dónde había sido? Logré recordar la escena. Pero
no el lugar ni el momento.
Yo la observaba apoyado en la barandilla. Durante mucho
rato, ni la luciérnaga ni yo hicimos el menor movimiento. El
viento soplaba a nuestro alrededor. Las incontables hojas del
olmo susurraban en la oscuridad.
Esperé una eternidad.
Fue mucho después cuando la luciérnaga levantó el vuelo.
Desplegó las alas como si se le hubiese ocurrido de repente. Un instante más tarde, cruzaba la barandilla y se sumergía en la
envolvente oscuridad. Describió, ágil, un arco en torno al
depósito, tal vez intentando recuperar el tiempo perdido. Y tras
permanecer unos segundos inmóvil observando cómo la línea de
luz se extendía en el viento, voló hacia el sur.
Aún después de que la luciérnaga hubiera desaparecido, el
rastro de su luz permaneció largo tiempo en mi interior. Aquella
pequeña llama, semejante a un alma que hubiese perdido su
destino, siguió errando eternamente en la oscuridad de mis ojos
cerrados. Alargué la mano repetidas veces hacia esa oscuridad.
Pero no pude tocarla. La tenue luz quedaba más allá de las
yemas de mis dedos.
Haruki Murakami

viernes, 3 de febrero de 2012

¿Te acuerdas de aquellas tardes en las que maquinábamos un plan para conquistar el mundo?




Aquellas, en las que mis sonrisas no eran diplomáticas sino fruto del mas puro e inocente estado de felicidad. Mi mirada en aquel entonces brillaba con un esplendor que cegaba. No habían mascaras ni personajes, nos guiabamos por el impulso sin miedo a ser rechazados. En aquel entonces, bendecía el mas mezquino de tus defectos.

Risas y miradas lascivas en aquella cama de la que tu y yo éramos los únicos dueños. Las mantas eran nuestras murallas y tu me decías que nadie nos podía invadir. Fuera del Reino el viento latigaba con ira, la nieve era capaz de sacrificar a cualquier desgraciado sin sueños.
Tu eras el guardián de aquel Reino, mientras susurrabas que yo era tu princesa.