Le avasallé a preguntas, todas sin respuesta. Al final, sólo me dio un silencio. Le volví a preguntar, esta vez por el valor de ese silencio, le dije que qué manera era esa de hacerme perder el tiempo cuando él mismo es el que me lo quita y su respuesta fue clara y concisa “Que me jodiera”.
Después me obligó a sentarme y a valorar cada segundo que había dejado escapar por pensar demasiado, por tardar en reaccionar o por, simplemente, dejarme llevar.
A punto de retirarse, le insté, le pregunté por qué, nosotros, humanos, debemos ver cómo se pudren nuestros cuerpos físicos y merman nuestras facultades psíquicas. Él sólo supo decirme que en eso se basa el carpe diem. En saber hacer lo que toca en cada momento, exprimiendo cada segundo de nuestra vana existencia en hacer lo que creemos que es útil, básico y necesario. En aprovechar hasta el último giro de minutero hasta que llegue nuestro funesto momento donde nos reuniremos con nuestros congéneres, mas el tiempo, si es polvo, polvo seremos.Finalmente, desbocado, y con gesto de incredulidad, le reté, le dije que yo podía estar por encima de eso, pues los hombres ya se equiparaban a los dioses pues creamos y destruimos a nuestro antojo. Él me miró y sonrió burlonamente, se viró, me dio la espalda y añadió:
“Demuéstrame que eres un dios y te permitiré vivir eternamente.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario